jueves 10 de abril de 2008

Un poeta de la revolución.

Sale el poeta de la revolución de su trinchera improvisada detrás de una roca saltando elástica y potentemente como un tigre pardo y lo barre una ráfaga de metralla y lo parte, pero no lo detiene en seco más que un segundo y lo parte, lo abre como un clavel rosa, amarillo, blanco y oloroso a mierda, las tripas que jamás deberian haber visto el sol y cae. Y adentro de él no no hay nada, no hay ni truco ni mecanismo ni nada, ahí no está la voz de la revolución.

Podría haber tenido un hijo y este hijo, como todos los hijos de los hombres podría haber sido un poeta de la revolución, un oficial enemigo o nada, jugador de cartas, borracho de fiesta en fiesta , bigote fino y mujeriego; que por ser hijo de alguien nadie asegura descendencia, así son los hijos, inconstantes y mutables en la continuación de las hazañas de los padres, o de lo contrario todo reino sería eterno en esta tierra.

Pero por no tener hijos ha sido hermano y ha tenido otros tantos hermanos de tropa, barro y pelea. Ahora dos de ellos hablan como él y en los fogones sin humo de la selva, en las sombras verdes camufladas cantan poemas revolucionarios con sus mismas palabras y mantienen despierto al guerrero en el sueño sin hambre de la victoria.

martes 11 de marzo de 2008

El barrio de la filosofía.

A menudo me asaltan dudas filosóficas, les doy todo lo que tengo pero vuelven. Soy como un kiosquito pobre, filosóficamente hablando, pero me siguen afanando igual.Aún así sigo trayendo el pucho para atraer a la clientela del barrio, las ideas, que vienen por el vicio pero ya que están se compran unos Sugus, o unas figuritas para el pibe.
Las ideas son entidades extrañas, me son extrañas, como los clientes de un kiosco pobre, pasan poco y no traen cambio y vos te bajás los pantalones por dos cigarrillos sueltos mientras se amarillean los cartones en el vidrio y en vez de Beldent sin azúcar se lee Dent Zuc, que bien podríá ser un antiguo héroe eslavo.
Tambien en el kiosco de las ideas se pueden canjear revistas. Viene una idea con una Nippur y se lleva una Patorusú, digamos.
Esto último vino a modo de ejemplo gratuito porque no tengo con qué emparejarlo.
Entonces, decía, vienen las dudas, que son los chorros recurrentes, y te dejan seco para que más tarde venga una idea y te saque lo poco que te queda pero legalmente, obedeciendo las más antiguas de las leyes nunca escritias del trueque y el mercado, la cual más antigua reza "el cliente siempre tiene la razón hasta aque se equivoca". En realidad las leyes de tanto en tanto llegan a escribirse en tanto sirvan para regular el más abyecto de los pecados que es el de pedir fiado.
Así uno empieza a pasar quiniela, levanta numeritos, usa la cáscara seca del negocio como máscara y se empiezan a juntar dos o tres tipos con cara de presos de los de antes, un escarbadiente, una boina, eternos vagos vividores de madre, la viejita lavando la ropa en el piletón de cemento y el tipo ahí, calentador a kerosene, diario, los muchachos, café y más filosofía barata, total, así se arregla el mundo, las ideas más simples y geniales son, al fin y al cabo, anónimas.
Entonces tenemos el kiosco y cae la policía, todos presos por no pagar la cuota, nos hacemos amigos, nos apoyamos mutuamente y ahora somos cinco pal mate. Pero la ley nunca paga, ni las facturas. Así terminamos con un negocio próspero para el barrio adonde cuatro o cinco entrepreneurs alargan los años de la vida haciéndola trotar despacio. Los chorros bien, gracias, dedicados como pulgones a otros escenarios.
En tanto el azar sigue rotando su perinola críptica y ahora te preguntan que qué número se interpreta de soñar con un rastrojero verde y vos, ocurrente, entrenada la mente con tanto fogonazo, le preguntás al tipo que quién lo manejaba y te dice que el padre muerto ya hace un año. Entonces jugale al 14, porque tu viejo ya sabe todo el barrio, le daba lindo al escabio.
Y el rastrojero verde? La cirrosis.

viernes 25 de enero de 2008

Entrevista

-El secreto de tu éxito con las mujeres?
- El olfato.
- El olfato? Cómo es eso?
- El olfato, lisa y llanamente.
- No entiendo, pensé que era la pinta, la actitud, esa cosa de mundo, ese porte.
- No, no, eso vino después con el tema de las minas. Te digo el olfato porque tengo la misma capacidad olfativa que un perro, capaz
que un poco menos...
-Digamos que un perro chico entonces.
- Si, digamos. O por ahí un gato, viste que los gatos son más visuales..
- Si, totalmente...pero decime, cómo es eso? Dame más datos por favor, que esta entrevista se pone interesante, ja, ja, ja!
- Ja, ja,ja! Si, bueno, primero que nada te aclaro que no tiene nada que ver con el tamaño de la nariz, viste, porque después
se corre el rumor de que la tengo operada y no es cierto! Igual está relacionado físicamente con la nariz, lo que pasa es que
seguramente y esto me lo dijo el médico, tenga más desarrolladas las glandulas pituitarias, con más cantidad de células
destinadas a la recepción de partículas aromáticas. Pero no es sólo la nariz.
- No, claro, faltaba más.
- Más vale. Te digo, está todo en el cerebro. Yo, por ejemplo, bah, viste como es el tema en los animales, dedican una zona más
importante del cerebro al sentido del olfato o al equilibrio.
- Hay un sentido del equilibrio?
- No, digo, el oido, ponéle. Pero sería más bien como una habilidad con mayor repercusión, con
más huella en el cerebro.
- Clarísimo, te entiendo perfectamente.
- Así que mi cerebro, por ejemplo, trabaja de otra manera. Pienso distinto a vos, que seguramente le dedicás más neuronas a otras
actividades.
- Puede ser, me la paso haciendo crucigramas...
- Claaaaro, ahí tenés, yo no hago crucigramas. Es más, directamente ni escribo y eso que hice la primaria sin problemas, pero no tengo
necesidad de escribir.
- Bueno, yo uso la laptop, a mano no te escribo nada.
- Si...bueno, no lo había pensado por ese lado. Pero es más que eso. Por ejemplo, si yo estoy "oliendo" me dedico exclusivamente a eso.
Vos por ahí decís "soy todo oidos" y yo...
- Sos todo nariz!
- Eso! ves?
- Si, si, tal cual. Pero qué tiene que ver con las mujeres?
- Te la hago corta porque esto es muy subjetivo y puedo pasarme horas tratando de explicarlo. En este momento yo sé que vos no te
pegás una ducha en las últimas 48 horas como máximo.
- Epa, epa.
- Y que estás un poco incómodo desde que entraste al camarino.
- Si?
- Si, es algo del macho alfa, viste? El tema es que con los olores, las feromonas, los perfumes, etc, yo capaz que te saco el estado
de ánimo así sin dubitar en un segundo. Y con las mujeres es más fácil todavia porque como son más demostrativas, más comunicativas, en seguida aprendí a relacionar toda esa carga química con el lenguaje corporal, con el léxico utilizado. En seguida "entiendo" como hablarle a una mina, qué necesita,que inseguridades arrastra, que fortalezas busca en consecuencia y, lo más importante, en qué etapa del ciclo está.
- El ciclo?
- Si, "el-ci-clo"/
- Ahhhhhhhhhhhhhhhhh.
- Si, el ciclo.
- Ahhhhh, el "ciclo".
-Y eso es muy importante.
- Me imagino, tengo cada una para contarte.
- Bueno, eso a mi no me pasa. No me pasa más. Porque esto esto llevó un tiempo largo de aprendizaje, no es tan intuitivo en la gente, no viene "cableado" de antemano, es como aprender a andar en bicicleta.
- Que no te olvidás más...
- No, que te cuesta pero después lo incorporás y lo disfrutás.
- Si, si. Bueno, qué bien. Entonces con las mujeres todo bien?
- Si, perfecto.
- Bueno. Y a partir de ahí esa sensibilidad especial te permitió captar un público que se siente comprendido, aceptado y valorado?
- Exacto.
- Bueno, buenísimo...Seguimos?
- Si, claro, sigamos.

miércoles 4 de julio de 2007

Su Majestad

El día xx a las xx:xx horas, brigadas y comandos de jugadores de fútbol de primera división se apostaron sobre las vías y puentes de acceso a la capital. Más elementos fueron despachados hacia la casa de gobierno y el congreso nacional. Tropas conformadas por equipos de división B, C y las populosas y efusivas inferiores tomaron rápidamente los aeropuertos, puertos de mar, aduanas y otros objetivos militares de importancia. En el interior del país las diversas ligas y equipos provinciales repetían la maniobra sobre los respectivos centros de poder locales.
Apenas dos horas después de este primer movimiento el presidente electo capitulaba y entregaba el mando al director técnico del seleccionado nacional. La carta de renuncia fue firmada ante la totalidad de los ministros y el conjunto técnico, cuerpo médico y psicológico más una miriada de ayudantes de campo, enfermeros, aguateros, suplentes y presidentes de clubes de la capital.
El ejército había abandonado al representante de la oligarquía y habíase plegado al nuevo movimiento .
La masa había salido a la calle y llenaba los estadios deliberando, clamando por un nuevo orden social.
Ocho horas más tarde en otro alarde de organización y gallardía, la liga de árbitros tomó por asalto las diferentes entidades judiciales de la capital y luego del territorio nacional todo. La corte suprema estaba conformada ahora por los más destacados referís y jueces de línea de reconocida trayectoria internacional.
En menos de un año la institución judicial se había convertido en un ágil organismo de inapelables veredictos, con total aceptación ciudadana.
Veinticuatro horas después de la toma del poder y sin mayores ceremonias, el director técnico dió su primer conferencia de prensa.
La ciudadanía toda escuchó de sus labios las palabras más tranquilizadoras. Había un plan de trabajo, había un equipo técnico motivado y la sociedad toda estaba en condiciones de afrontar cualquier clase de desafío.
La base para una nueva y gloriosa nación, estaba.

martes 5 de junio de 2007

Insensatez del sacrificio

Habiendo aceptado la invitación del señor Dardán para recorrer su casa, me preparé entonces para un pequeño paseo hacia las afueras.
Era esta una residencia relativamente nueva pero de alguna manera se las habían arreglado para que simulara mas años de los reales.
La hiedra crece rapidamente y los árboles añosos, seguramante transplantados, se arqueaban sobre el camino. No había flores a la vista, ninguna.
El frente austero y soberbio como la proa de una nave indicaba que la casa se extendía más hacia el fondo que hacia los lados pero allí oficiaban de alas dos habitaciones con sus altos ventanales. El jardín era extenso, sin flores como antes dicho y el diseño simulaba una extensión ramificada infinitamente de senderos de arena gruesa o grava o ambas, utilizadas alternativamente; pero el sendero principal era de piedra pulida y en su piel de millones de años brillaba el agua de la última llovizna.
Fuí invitado a pasar sin demora. Recorrí varias habitaciones con la vista mientras era guiado cada vez más adentro de la casa. Bajamos algunos escalones, pasamos muy cerca de unos jarrones rojos, miré de reojo los pliegues de mi traje en una sucesión excesiva de espejos.
Solo se oía el rasgar de la tela de mis pantalones y el crujir novato de mis zapatos. Quien me guiaba no emitía sonido alguno y no dejaba huella sobre la alfombra, su cuerpo menudo parecía flotar hacia adelante y me sentí tan torpe y pesado que envidié su corta estatura.
Luego de sonar una campanilla el señor Dardán mismo abrió la puerta con una mano mientras sostenía un atizador en la otra. Despidió al mayordomo a quien observó, momentáneamente, retirarse en silencio.
Cerró la puerta sin un crujido. La casa toda era como un secreto de alfombra, suave, mullida, reseca y olía a cristal viejo, antiguo, levemente dorado y translúcido.
Lo primero que hizo fué presentarme a un caballero de quien no recuerdo su nombre pero que tenía un leve y bello acento meridional, tal vez sardo.
Era este un hombre de dimensiones medias con una abultada cabellera de espeso pelo negro sin una cana pese a la edad que se denunciaba en las arrugas a los lados de los ojos. Vestía con un lujo moderado, a propósito, como controlando un impulso tal vez aprendiendo en el ejercicio a incorporar la virtud de la humildad, pero se hacía tan evidente que era consciente de que sus ojos negros y su porte tendían naturalmente a la expansión, al dominio, que sus manos se prensaban unas a otras nerviosamente frente a su cuerpo a la altura de la cintura y esto era peor que cualquier cosa porque parecía querer salirse de su impostura y destruir todo a su paso.
En tanto su voz contrastaba con la forma de su cuerpo, el movimiento subyacente y eléctrico de su espíritu encerrado, dando tonos de calma sombría y elegante. Era un espécimen de hombre apasionante y terrible y el señor Dardán se movía a su alrededor, a pesar de estar en su propia casa, en una serie de movimientos de aproximación y repelencia, de submisión resignada, reverencia, ora cambiando súbitamente, ora revelándose y acercándose intentando opacar
ya fuera en altura o en el tono de la voz o en la tranquilidad aentuada de sus manos levemente tensionadas.
Esto pasa a menudo con los hombres de naturaleza excepcional adonde una batalla invisible se lleva a cabo constantemente por el dominio de nada absolutamente más que de la fatua sensación de victoria sobre la voluntad del otro. El resto solamente miramos y nos movemos como planetas atraídos al objetode mayor masa, aquel que triunfa y se posiciona en el centro de la escena y que con el misterio de su fortaleza nos llama y nos ordena.
Así pasamos horas debatiendo o en mi caso asintiendo en silencio, frenando mis impulsos ilustrativos. Se habló de temas generales, de la nueva república, las ciencias, los hombres que fueron, los que eran y dictaban la forma de nuestro tiempo, de las máquinas terribles que vendrían, del vuelo, de las profundidades, de las lenguas de otros hombres y del caudal enriquecido de la nuestra.
Y el silencio se apostó oscuro sobre las ventanas a nuestras espaldas.
Entonces el señor Dardán sonrió, se puso en pie y saltó agilmente sobre una tarima de madera que había pasado por oculta hasta el momento. Repitió unos conceptos antes vertidos apasionadamente, habló sobre el futuro del hombre y de la belleza. Nos recordó su afición a las ciencias mecánicas, físicas y eléctricas y nos prometió efusiva e insperadamente un acto sorprendente. Francamente, asintió, nos había llamado para esto y hacía horas que se contenía impaciente en su sillón atormentado por la energía de los vapores etílicos.
Retirado detrás de un cortinado, siguió discurriendo exitadamente en voz alta por un rato mientras, aparentemente por el sonido de metales se dedicaba a manipular una maquinaria oculta y contundente.
Llegó a golpearse y a insultar de manera viva y elocuente. Reapareció de pronto descorriendo las cortinas y se acodó sobre un monstruo de fundición, bronce y remaches que se levantaba en medio de la tarima pesadamente como una hormiga envenenada luchando contra la gravedad de sus heridas, pero no tambaleaba.
Dardán seguía hablando y describiendo sin que hiciera falta. Accionó una llave y la máquina abrió su testa de cristal, un ojo enorme como una cépula adonde cabía la cabeza de un hombre. El sardo hacía rato ya que había saltado como un resorte de su asiento y pese a su vivo interés en la máquina era repelido invisiblemente por la renovada fuerza espiritual de Dardán que se movía en todos los frentes.
Eran como dos masas planetarias, dos titanes, pero Dardán se apoyaba en la máquina y el otro terminó por quedar inmóvil por primera vez en horas con una mano en la barbilla como soporte para sus ideas y la otra en la espalda, quieta, espectante.
Dardan aprovechó el momento y con cuidado tomó una cajade madera de una vidriera, la abrió y sacó una rosa roja enorme y viva como un pez, porque temblaba el tallo suspendido por el medio, como un arco ensangrentado. Dardán protegía su mano con un guante y fruncía la nariz como un gato desconfiado mientras acercaba la flor a la cápsula de vidrio y la dejaba suavemente pero con asco sobre una superficie de metal pulido.
Cerró el cristal y la rosa quedó enfrascada en una bala transparente. Creí ver una gota de rocío formarse y hacer de lente para las lamparas de gas de la habitación.
Dardán accionó otra llave mientras nos mostraba la palma de la otra mano pidiéndonos un silencio ya otorgado. Pero ya no nos veía y continuaba moviendo la llave firme pero suavemente hasta el final de su carrera.
La rosa crepitó y en un segundo se hizo cenizas y se rompió inesperadamente. Algo se abrió dentro de la cúpula y absorbió los restos instantáneamente.
No tengo más rosas anunció entre aliviado y levemente decepcionado. Nos preguntó si habíamos logrado captar la esencia del experimento o mejor, la esencia del resultado, la intención del ingenio y más allá, la intencion primera del hombre y la herramienta.
El sardo sonreía satisfecho y ya hacía planes en voz alta destinando fondos secretos y calculables a la hechura de tal o cual aspecto. Entusiasmado con la idea, el concepto, ya inquiriendo sobre los detalles de la construcción, el secreto de la rapidez fulminante del acto de combustión sin llama. Así ambos, emocionados, pasaron los restantes diez minutos equiparados en potencia, unificados en un proyecto, soñando conjuntamente un futuro sin belleza.
No soporte más. Me lancé sobre la máquina con el atizador (abandonado sobre una mesa) y alcancé a quebrar de un golpe su ojo húmedo por dentro y al levantar el brazo por segunda vez ya no sentí nada.
Desperté más tarde sin referencia alguna del tiempo transcurido ni el presente. Estaba a oscuras en un lugar frío y sin ventanas y mis ojos no alcanzaban ni alcanzarían nunca a acostumbrarse. Estaba solo con mis ideas, con el miedo, con la incomodidad del cuerpo golpeado sin reposo pero ahora flotando en un instante sin pausa, o en la pausa misma sin saber nada de mi, de la forma de mis heridas, solo del dolor interno, de la forma de mis pensamientos más terribles condensados en un amasijo de hierro fundido bajo el control de la mano de Dardán, de la mano del sardo, ambos, quemando sin luz todo lo que era bueno, bello y suave de este mundo.
Si todo ha de morir, consumirse y flotar en mares de átomos separados sin memoria al menos que haya existido la voluntad, como la mia.
Que en este momento de angustia sepa estar tranquilo, como la rosa que apenas tiembla y sin saberlo respira, como yo, los últimos momentos de su vida.

lunes 28 de mayo de 2007

Ein Buch

Usted ha sido llamado para escribir un libro, solo uno, no el libro, no un libro, uno solo, ese libro, el único que podrá dejar para que pueble con su voz plana la conciencia lectora de personas que serán. Su libro pensará por ellos durante la hora que demandará su lectura. Como toda voz morirá, pero comprendida como está en el instrumento que es el libro se reproducirá múltiples veces. No ignora usted qué cosa es un libro.
Piénselo bien, qué libro sera ese que escribirá? Piénselo bien.
-Puedo negarme?
- No. Un libro. Piénselo.
- De cocina ?
- Y bueno...

Un hombre ordinario

Era un hombre que pretendía sin errores y sin exagerar lo que deseaba ser. Tan bien pretendía la humildad cuando su naturaleza original (que subyace como un río enterrado, frío y terrorífico) no contemplaba esta virtud, que hasta se sonrojaba cuando mostraba sus títulos y logros; cualquiera de sus interlocutores pensaba que le había presionado para forzarle a hablar, con lo cual se sentían en falta. Muchos terminaban elogiando su humildad, con lo cual el alimentaba su ego, o agregaba caudal a ese río oscuro.
Pero en pocos hombres esto no es así y lejos de ser un paladín de la maldad no es sino sólo una muestra.